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lunes, 11 de julio de 2011

El archivero, “deshecho” y “alucinado” por el robo del ‘Codex’

El máximo responsable funcional del Museo y Archivo de la catedral de Santiago, monseñor Salvador Domato, está “deshecho” y “alucinado” por el robo del Codex Calixtinus, según fuentes cercanas al caso consultadas por este medio. Más aún porque monseñor Domato –que lo es en su más alto grado, es decir, protonotario apostólico–, no sólo es presidente de la Comisión Capitular de Cultura y Arte del templo gallego, sino que es diplomado en Paleografía, Archivística y Diplomática por las correspondientes escuelas vaticanas. Así, fuentes conocedoras del caso recalcan que las personas directamente al cargo del Codex Calixtinus –Domato y un subalterno, también clérigo– tenían los pertinentes conocimientos en materia de documentación, y el archivo “cumplía con las normas internacionales”, emitidas por la UNESCO, que rigen en archivística.

Domato es asimismo un sacerdote de prestigio en toda España: auxiliar de monseñor Rouco cuando este fue obispo auxiliar de Santiago, siguió ejerciendo de secretario del cardenal cuando este vino a Madrid, durante una docena de años. Monseñor Domato ha coordinado tres visitas apostólicas a Santiago, dos de Juan Pablo II y la de Benedicto XVI en 2010. Desde 2006 ocupa su actual cargo, bajo supervisión del deán. Al cierre de esta edición, la Policía visionaba “cientos de horas” grabadas por las cámaras de seguridad. El presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, se mostró “convencido” de que el libro, finalmente, se encontrará.

miércoles, 5 de enero de 2011

María Luz González Peña, directora del archivo de la SGAE : "Los archiveros vivimos en las mazmorras, pero rodeados de joyas"

Bajo la tarta modernista que es el edificio de la Sociedad General de Autores (SGAE) hay un discreto sótano donde se guardan las joyas. Están hechas de papel que huele a viejo y de notas musicales. Partituras originales y manuscritas de 1.700 zarzuelas que son "el tesoro de la casa", según su guardiana, María Luz González Peña, directora del centro de documentación y archivos de la SGAE. Esta menuda asturiana se mueve deprisa entre las cajas de cartón con ph neutro. "La escalera es muy pesada y a veces trepo por las estanterías como si me creyese Pinito del Oro...". "La trapecista del tiempo de maricastaña...", aclara. Chispa zarzuelera no le falta.

Cada caja verde tiene una etiqueta con el título de la obra. "Date una vuelta y léelas", ordena la archivera, "verás que divertido, ¡hay hasta una dedicada a la falda pantalón!". No se encuentra ésa, pero abundan los hallazgos: Quítese usted la bata, Los dineros del sacristán, Canela fina, La del 4º piso, El terror de las mocitas, Similiquitriqui"... de El hijo de Buda a Temple baturro, lo que uno quiera entre los miles de materiales de orquesta de zarzuela, sainete lírico, sainete cómico lírico bailable, partichelas, libretos, partituras sinfónicas... Hasta 30.000.

González escoge posar con El rey que rabió, un original de Ruperto Chapí que el compositor adornó con un excelente dibujo propio en su primera página. "Trata sobre un rey que no se fía de sus ministros cuando le dicen que el país va bien y se infiltra de incógnito en el ejército, se enamora de una chica, hay un perro rabioso que muerde a otro soldado... mucho enredo y danzas de países extranjeros que siempre quedan muy lucidas", resume la archivera que habla como una metralleta.

Chapí es, junto al dramaturgo Sinesio Delgado, uno de los padres fundadores de la institución que nació en 1899 para proteger los derechos de los autores frente a los abusos de los editores, especialemente de Florencio Fiscowich que era quien se quedaba con todos los ingresos de las representaciones teatrales. "Fue toda una batalla", explica la archivera. "Los autores montaron una copistería y consiguieron tener la primera máquina litográfica por lo que servían antes a sus clientes". Cuenta que los copistas distinguían a los autores entre los que tenían buena y mala nota, dependiendo de lo clara que fuese su caligrafía.

Hoy la copistería es electrónica y el centro de documentación se dedica sobre todo a su función comercial (alquilan las obras a teatros y orquestas) y a servir como biblioteca. El único archivo que crece es el sinfónico, al que llegan unas 100 obras a la semana, porque "ya nadie escribe zarzuela". "Sin embargo", dice González, "el género tiene una vigencia total, el movimiento de este archivo es tremendo". La archivera ha enviado partituras de zarzuela a Alemania y a Japón; a Baremboin y a Lorin Maazel. Alquilar un fragmento (como el preludio de Las Bodas de Luis Alonso o la romanza de Leandro en La Tabernera del puerto) cuesta 90 euros dentro de España y 133 en el extranjero. "Pero depende de si el país es rico o pobre... no le puedes cobrar lo mismo a una orquesta neoyorquina que a una peruana". "Este archivo está sanísimo económicamente", asegura González que también resuelve asuntos más privados: una vez buscó la canción con la que se enamoró una pareja a petición de su hija que quería que una banda la tocase en sus bodas de oro. "Cuando llama alguien diciendo 'llevo años buscando tal cosa', les digo 'has llamado al sitio adecuado'... Me encanta buscar".

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viernes, 24 de diciembre de 2010

Agustín Millares Carlo

El historiador, paleógrafo, filólogo, bibliógrafo y traductor Agustín Millares ha realizado una inmensa labor de traducción y edición, casi siempre de autores clásicos latinos. Su obra abarca la historia, la literatura, estudios clásicos, bibliografía, filosofía, bibliotecología y archivística … Solamente una parte, y no la mayor, de casi un total de más de cuatrocientas publicaciones (entre libros, ediciones, traducciones, artículos), corresponde a su tarea histórica y de ella tal vez haya que destacar la que realizó en colaboración con José Ignacio Mantecón, como el Álbum de paleografría hispanoamericana de los siglos XVI y XVII (1955), que es un instrumento imprescindible para la enseñanza del “arte de las escrituras antiguas” en la mayoría de las universidades de Hispanoamérica y de muchas de Estados Unidos y Canadá que se dedican a estudios latinoamericanos.

En su haber es preciso destacar también, la edición, junto con Lewis Hanke, de un magnífico Cuerpo de documentos del siglo XVI sobre los derechos de España en las Indias y las Filipinas (1943), así como la traducción y edición de las obras del famoso dominico fray Bartolomé de Las Casas, tales como, Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1941), Del único modo de atraer a los pueblos a la verdadera religión (1942), La Historia de las Indias (1951) y los Tratados (1965-1966). También ha traducido la Utopía de Tomás Moro; las Décadas del Nuevo Mundo, de Pedro Mártir de Anglería (1945); la De las islas del mar Océano, Juan López de Palacios Rubios, y Del dominio de los reyes de España sobre los indios, de fray Matías Paz (1954), así como la realización de una nueva edición de la monumental Bibliografía mexicana del siglo XVI, de Joaquín García Icazbalceta (1954). Entre las obras propiamente originales de Millares debemos citar por su notable importancia Nuevos estudios de paleografía española (1941), una Gramática elemental de la lengua latina (1941), un Ensayo de una bibliografía de bibliografías mexicanas (1943), una Historia de la literatura latina (1950) y una Introducción a la historia del libro y de las bibliotecas (1963). Durante su estancia en Venezuela continuó con una tarea similar, publicando El intento revolucionario de Maracaibo (1812), a la luz de documentos inéditos (1964), Archivos de los registros principales de Mérida y Caracas. Protocolos del siglo XVI (1966) y Archivo del Concejo de Maracaibo (1968). La nostalgia de su tierra natal, le lleva a escribir sobre temas canarios, reeditando juntamente con Antonio Fleitas Santana la Historia general de las Islas Canarias (1945), de su abuelo Agustín Millares Torres, y a realizar una nueva edición, en 1975, de su Ensayo de una bio-bibliografía de escritores naturales de las Isla Canarias (1932)…, o a estudiar personajes canarios que como él pasaron gran parte de su vida en el Nuevo Mundo, por ejemplo, el apóstol del Brasil, padre Anchieta.

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sábado, 9 de octubre de 2010

Mario Vargas Llosa fue "archivero en una biblioteca"

Fue en Cochabamba y a la edad de diez años cuando Mario Vargas Llosa sufrió una inmersión en la literatura que habría de cambiar su vida. Una joven amiga de su madre le prestó dos volúmenes de Miguel de Zevaco, 'Nostradamus' y 'El hijo de Nostradamus', novelas que lo conducirían primero hacia Alejandro Dumas y más tarde hacia decenas de libros poblados de héroes y romances que le hicieron soñar con vivir en otros mundos o al menos hacer que unos personajes nacidos de su imaginación vivieran en ellos. Pocas veces un acto tan inocente y común como prestar unos libros ha tenido un efecto tan gigantesco. El niño que recibió aquellos volúmenes ganó ayer el premio Nobel. Pero mucho antes, con solo 19 años, cuando ni en el mejor de sus sueños podía concebir la esperanza de una distinción semejante, se casó con la muchacha que le había cedido los libros y luego, tras divorciarse, la convirtió en la protagonista de uno de sus títulos más celebrados: 'La tía Julia y el escribidor'.
Cuando conoció a Julia Urquidi, Marito como le llamaban en su juventud y aún mucho después, vivía con sus abuelos y estaba a punto de descubrir que su infancia había sido una gran mentira. Porque, hasta los diez años, estuvo convencido de que su padre había muerto antes de su nacimiento. Fue la farsa que su madre concibió para evitar a su hijo el disgusto de saber que su marido había pedido el divorcio estando ella embarazada para irse con otra mujer. Hasta que conoció la existencia de su padre, el pequeño Mario había vivido en la localidad boliviana de Cochabamba, donde su abuelo era cónsul honorario.
En Cochabamba, y no tanto en Arequipa, lugar de su nacimiento en 1936, está el origen de buena parte de su literatura. Allí y más tarde en el colegio militar Leoncio Prado, adonde su padre lo envió contra su voluntad. «Todo lo que he inventado, como escritor, tiene raíces en lo vivido; fue, en sus orígenes, algo que hice, vi, oí, pero también leí, y que mi memoria retuvo con una terquedad singular y misteriosa», ha escrito.
Y ha vivido, hecho, visto, oído y leído mucho. Porque el representante más joven del 'boom' latinoamericano ha desempeñado oficios diversos desde la juventud. En ocasiones, obligado por la necesidad, como cuando recién casado con Julia Urquidi y rechazado por su familia -ella fue antes la esposa de un tío del escritor- llegó a desempeñar hasta siete empleos de forma simultánea, entre ellos redactor de noticias para una emisora local, archivero en una biblioteca y revisor de nombres en las lápidas de un cementerio. Nada especial en un joven que no muchos años antes había querido ser torero, a raíz de que su abuelo lo llevara una tarde a conocer no el hielo sino la placita de Cochabamba.
Pero de todos esos oficios, algunos de ellos imposibles, emergió el de contador de historias. El niño que jugaba a prolongar los cuentos que leía modificando finales, matando personajes y añadiendo historias de amor donde no las había, se hizo escritor. Conoció, como en tantos otros casos, la soledad y la pobreza. Durante meses, escribió en una buhardilla de París donde antes había llenado cuartillas un colombiano con aspecto de 'clochard' llamado Gabriel García Márquez, con quien luego mantendría una estrecha amistad y una mítica enemistad. La gloria le llegó pronto: la colección de relatos 'Los jefes' fue un aldabonazo y la novela 'La ciudad y los perros' confirmó su enorme talento.

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